miércoles, 24 de noviembre de 2010

Adiós a mi bolso


Jubilé a mi viejo y leal bolso, ese que fue conmigo a todas partes y me acompañó en todas mis aventuras. Lo tiré a la basura, pero la verdad es... que ya estaba lleno de basura. Hacía tiempo que no daba para más, yo sabía que se había cumplido su ciclo, pero aún así me resistía a separarme de él. Hasta que una mañana soleada sentí que era el día indicado para la gran despedida.

Me puse mi mejor vestido y salí a buscar un reemplazo para mi bolsito. Tras mucho buscar encontré lo que necesitaba: una mochila pequeña, cómoda y resistente, en la cual llevar ese universo de objetos y experiencias que estaba en el interior de mi bolso. Después, con paso tranquilo, enfilé para el río a hacer el solemne intercambio.

Uno a uno fui pasando cada uno de los objetos del bolso a la mochila, tan imprescindibles todos sin procuparme por darles un orden duradero. Los bolsos y mochilas tienen su propia forma de ordenar lo que uno les pone adentro. Vi a mi bolso desinflarse lentamente hasta quedar plano contra el piso, vacío de utilidad pero todavía lleno a medias de basura: boletos usados, tickets de compras pasadas, y miles de restos imposibles de identificar.

Cuando lo tuve en mis manos, agonizante, me dio pena y casi me arrepiento. Hasta consideré quedarme con la correa, que todavía se podía usar. Finalmente acepté que el momento era inaplazable, y no sin algo de pena lo dejé cuidadosamente adentro de un tacho público. Confieso que, mientras me alejaba, me costó no volver la vista atrás.

¡Adiós, bolsito querido, y que a donde vayas te traten mejor de lo que lo hice yo!